París, una noche de Navidad de 1882.
La nieve cae desde el atardecer. En las callejuelas, las farolas de gas dibujan halos temblorosos; su luz se pierde entre los copos antes de alcanzar los adoquines. Un carruaje de caballos pasa casi sin hacer ruido. Tras los escaparates de las confiterías, unas pocas lámparas de gas iluminan pirámides de dulces, frutas escarchadas y cajas atadas con cintas, dejando los rincones de las tiendas en penumbra.
Es hora de regresar a casa. El frío ha alcanzado los dedos, los hombros y las puntas de los zapatos.
Entonces, una puerta se abre.
En el vestíbulo, los invitados sacuden la nieve de sus abrigos. Más allá de los pesados cortinajes, las lámparas de aceite y las velas derraman una luz ambarina. Sus llamas tiemblan al paso de los invitados; las sombras se deslizan sobre los revestimientos de madera, mientras un espejo refleja el resplandor de los candelabros. En la chimenea, las brasas brillan con un rojo intenso.
Junto a la ventana, un árbol de Navidad luce adornos de papel, pequeños frutos dorados y cintas que los niños no han dejado de cambiar de lugar.
Pero es un perfume el que recibe a los recién llegados.
El aroma de un pan de especias todavía tibio, colocado sobre una fuente de porcelana. Bajo su delicada capa de azúcar, la miel y la canela mezclan su dulzura; la nuez moscada y el clavo de olor aportan su calidez, mientras la naranja confitada desprende un destello suave y luminoso.
Los sillones se acercan al fuego. Una taza pasa de mano en mano. Entre el roce de los vestidos y las conversaciones en voz baja, los niños esperan que les concedan una segunda porción.
Los cristales se empañan. Afuera, la nieve sigue cayendo.
Cántico de Navidad conserva el recuerdo de aquella puerta abierta, de aquellas llamas que velaban durante la noche y de la sencilla felicidad de estar, por fin, todos reunidos.